| Comentario
Esta cuarta crónica de Prydain se inicia con una empresa que requiere un corazón valeroso y alegre. No tarda en irse volviendo más sombría y quizá sea más esencialmente heroica que las aventuras precedentes, pues en ella Taran debe enfrentarse a un oponente implacable: la verdad acerca de sí mismo. Taran aprenderá a cambiar su vida mediante sus propios recursos internos, ya no como Taran Aprendiz de Porquerizo, sino como Taran el Vagabundo, pues no basta con que haya un fin de la infancia sino que también se requiere un comienzo de la edad viril. He intentado que fuera una crónica más seria que las anteriores —en el sentido en que todo el humor es serio y toda la fantasía real—, y aunque no hay un final feliz convencional en términos de cuento de hacías, sí hay un final lleno de esperanza en términos humanos. Eso no quiere decir que la historia tenga menos humor o variedad que sus predecesoras. De hecho, es posible que haya más, pues los viajes de Taran le llevan de un extremo a otro de Prydain, desde los Pantanos de Morva hasta los Commots Libres. Pero en vez de con un enfrentamiento entre huestes enemigas, el conflicto subyacente entre el bien y el mal se expresa mediante encuentros individuales: el rey Smoit y su ruidosa alegría por el mero hecho de estar vivo; el mortífero Morda, que odia todo lo que es humano; Dorath, el amoral; Annlaw el Moldeador de la Arcilla, el creador; Craddoc, en cuyo desolado valle Taran conocerá la angustia de la vergüenza... Ay, la princesa Eilonwy sólo está presente en el recuerdo, aunque tengo la esperanza de que los lectores la echarán de menos tanto como Taran..., y, si ha de ser sincero, tanto como el mismo autor. Algunos habitantes de Prydain nacieron de la leyenda galesa, pero en Taran el Vagabundo han adquirido características más universales que particulares. Por ejemplo, el secreto con que Morda protege su vida está presente en muchas mitologías. Orddu, Orwen y Orgoch han aparecido con otros aspectos y nombres (como era lógico esperarse de ellas), pues han sido las Tres Nornas, las Moiras, la Triple Diosa y, muy probablemente, otras transformaciones que se niegan a admitir. Prydain, naturalmente, es en parte recuerdo y en parte sueño, con el equilibrio entre los dos inclinándose a favor de este último. |