| Comentario
La última noche de mi infancia empezó con una visita a casa. Las hermanas de T'Gatoi nos habían regalado dos huevos estériles. T'Gatoi le ofreció uno a mi madre, mi hermano y mis hermanas. Insistió en que yo me comiera el otro sólo. No importaba. Seguía habiendo bastante para que todo el mundo se sintiera bien. Casi todo el mundo. Mi madre no quiso tomar nada. Se sentó, observando como todos flotaban y soñaban sin ella. La mayor parte del tiempo me observaba a mí. Yo estaba apoyado en el largo y aterciopelado envés de T'Gatoi, sorbiendo de mi huevo de cuando en cuando, preguntándome por qué se negaría mi madre un placer tan inofensivo. Tendría menos gris en el pelo si alguna vez se lo permitiera. Los huevos prolongaban la vida, prolongaban el vigor. Mi padre, que en su vida rechazó uno, vivió más del doble de lo que tendría que haber vivido. Y se casó con mi madre y engendró cuatro hijos hacia el final de su vida, cuando debería haber aflojado la marcha. Pero mi madre parecía conforme con envejecer antes de tiempo. Miré como se alejaba cuando varias patas de T'Gatoi me atrajeron más cerca de ella. A T'Gatoi le gustaba el calor de nuestros cuerpos, y disfrutaba de él siempre que podía |